Imagen Alpargata Naufraga
La Dieta

Luis Chumaceiro

 

Publicado el martes 6 de Mayo de 1997 en El Nacional

- Papi es goldo
- No, papi no el goldo, él es gordito.

No sé qué me impresiono más, la categórica afirmación de Pepe, mi hijo menor, o la insólita defensa de Anna María, mi princesa mayor. Solo entonces me percate del pequeño exceso de peso, aproximadamente 30 kilitos, que habia desfigurado un poco mi tradicional porte de galán orillero de Carúpano.

Todo empezó el día aciago de mis nupcias. Advertido debidamente por mis amigos, nunca imaginé que la realidad matrimonial hacía cortas las predicciones de aquellos agoreros. Una mujer, como las mariposas, tiene dos etapas en su vida: la primera es tierna, coqueta y juguetona. Incapaz de un si o un no mientras atrapa al interfecto; posteriormente, desde el dia de la boda, se transforma en un ser de maldad indescriptible. La tortura matrimonial provocó un estado de ansiedad inusual en mi. La presión económica, los continuos reclamos, los golpes bajos y altos, ocasionaron una reacción inusitada.

A pesar de lo que digan las feminoides que escriben en esta página, considero absolutamente justificado que mis congeneres suelten una que otra canita para desquitarse de las malvadas. Yo, por mi parte, desvié mi sufrimiento de otra forma; virgen antes del matrimonio y mártir despues de el, me dio por desayunar unos suculentos huevos fritos con mucha tocineta grasienta, almorzar todo tipo de chorizos, morcillas, fritangas, chimichurris con pan y mantequilla, y cenar un buen pedazo de carne acompañada de papas fritas, guasacaca y cualquier otro alimento que acelera la marcha triunfal de los trigliceridos y el colesterol. No quiero comentar la actitud en los agasajos; cuando pasaban los pasapalos, atacaba a los mesoneros como adeco en el brindis anual de partido.

La malévola causante de mi desastre biológico fue la que alerto del pequeño sobrepeso:

- Mi amor, hoy te preparé paticas de cochino con polenta. El postre lo puedes escoger: huevos chimbos o torta de chocolate.
- Qué rico! Preparame un Nestea, bien espesito y unas arepitas de chicharrón.
- Ah, no, chicharrón no, no te has visto lo gordo que estás?

La bruja me había tendido una trampa. Tenía ya palabreada a una doctora del Centro Médico de La Trinidad y yo no sabía nada. A pesar de mis protestas, una fría mañana dirigí mi camino al consultorio sin presentir la humillación de la que sería objeto.

- Quítate la ropa y sube al peso -ordenó una de esas enfermeras con rango de sargento-.
- No entendió? Quítate los interiores y ponte la bata.

Temeroso de que me golpeara una extraña, ese privilegio es solo de mi mujer, procedí a cumplir las instrucciones.

- Ajá!, de estatura 1,83 y 120 kilos...

Lo dijo de una forma que me sentí culpable. Al instante, como quien se desentiende del problema, me mandó a una habitación, algo oscura para mi gusto, en donde se encontraba la atractiva médico.

- Bueno, estoy a punto de cumplir los 35 ... Ay!!!!

Por vergüenza no puedo narrar el tipo de examen que me practicó.

- Pero doctora yo lo que quiero es una dieta -alcancé a defender mi virilidad-.
- A su edad ya le toca -me contestó con una cínica sonrisa en sus labios mientras se quitaba el guante-.
- Desde hoy tiene prohibidos las grasas, la papa, los refrescos, dulces, pan, arepa, la carne, el arroz y todo lo que se le parezca. Puede tomar solo agua, nunca bebidas alcohólicas, pollo, algo de pescado a la plancha y vegetales solo si son sancochados. Desayune una fruta, puede ser piña o patilla, y cene un cereal que no tenga chocolate.

Hoy, a causa de la pérdida de apetito y por la pérdida de mi virginidad, he rebajado 28 kilos. Me siento mejor y la ropa no me queda, pero por lo holgada. No obstante, noto a la Doña un poco molesta:

- Que te parece mi nuevo look, cariño?
- No sé. Me gustabas más antes, te ves como enfermo...
- Pero si tu estabas empeñada en la dieta, tu quisiste...
- Yo no sé. Ya te serví la sopa de rabo y el pasticho.
- Yo no puedo, estoy a dieta.
- Ves que tu estás raro. No te gusta mi comida, tu ya no me quieres...

Alcé mis ojos al cielo, comí mi pasticho completo y solo pude pronunciar estas palabras: "Señor, Señor, por qué me has abandonado?

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