
Quiero mi solvencia!
Me miro en un espejo, me detallo cuidadosamente, me digo a mi mismo: hoy si vas a poder, hoy si lo vas a lograr, no hay nada ni nadie que se interponga en el único objetivo que te has trazado en estos últimos meses: Que te sellen tu solvencia en el ministerio.La noche anterior había preparado todo el material en varios bolsos y morrales, y mientras los acomodaba iba pensando en algo que me faltara, algo que fuera necesario ante alguna de las tretas y artimañas que utilizan los experimentados funcionarios públicos para arruinarle la existencia a nosotros los mortales.
Entre el material que consideraba mínimo de supervivencia estaba una caja de zapatos llena clips de diferentes tamaños y tachuelas (las cuales tarde un mes en afilarles las puntas), tres engrapadoras, una encuadernadora, una maquina de plastificar, seis resmas de papel por cada tipo de papel, papel kontac, lustrillo, cebolla, papel carbón, diez kilos de cartulinas variadas, ciento cincuenta lápices, veinte bolígrafos desechables, diez parker con treinta y cinco repuestos y una pluma fuente de oro de mi abuelo. Me suicidaría si me olvidaba de los timbres fiscales y el papel sellado.
También llevaba un litro de tinta para almohadilla respaldado con diez almohadillas de variados tamaños, un diccionario ingles-español, uno aleman-frances, otro zuahili-esperanto; el de mandarin-papiamento no podía faltar, lo había olvidado la ultima vez pero en esta oportunidad los amarre todos juntos para evitar ese tipo de fallas imperdonables
Algo que siempre lleve desde la primera vez fueron una Biblia, un Talmud, la Corán, el libro de los mormones, un kipa, unas patillas postizas, un traje de cura (y uno de monja por si acaso), agua bendita, diez bolsitas de incienso variadas, una brújula para saber donde queda la Meca y mi primer catecismo. Para completar el material bibliográfico he de resaltar, entre otras misceláneas, los tres últimos almanaques mundiales, un atlas universal, la ultima edición del diccionario de la real academia española (revisada y con suplementos) y una agenda traductora de cinco dialectos asiáticos.
Para la cola llevaba varios tipos de lectura: corta (cuatro Selecciones), larga (los cinco Caballos de Troya), muy larga (la enciclopedia Larousse), lectura pesada (Análisis Cognitivo del pensamiento de Marx, según Nietzche) y algo mas ligero (Vogue, Hola, Buenhogar, etc.).
Ya previendo que las cosas no iban a funcionar de la manera legal llevaba como de costumbre ciento cincuenta mil bolívares, tres chequeras, dos tarjetas de crédito (otras dos fueron anuladas por sobregiro en mi ultima odisea), pedí un préstamo en el banco, le pedí prestado a unos amigos, rompí la alcancía de mi hijo, vendí las joyas de la familia, hipoteque la casa y alquile el carro, con eso compre Dólares, Libras Esterlinas, Libras Egipcias, Rands, Yenes y algunas Pesetas que un gallego me ofreció a cambio de que mi esposa le planchara tres veces a la semana. Aun antes de partir a mi aventura no había podido convencer a mi esposa de aceptar ese trabajito.
Luego la experiencia me enseño que nada esta de mas y me compre una fotocopiadora portátil, un Laptop con equipo multimedia, modem y scanner con OCR y una impresora láser a colores, un celular con cuatro pilas de Nickel Metal hidratadas y un cargador ultrarapido que tiene un minireactor nuclear en caso de emergencias. Ante todos estos artículos de primera necesidad no tuve mas remedio que valerme de una planta eléctrica de 1500 HP, que mande a fabricar a la medida para que la soportara el lomo de un burro que compre. El portero del ministerio no me impedía pasarlo porque pensaba que eso no valía de nada ante lo que eran capaces los funcionarios allí adentro.
Luego de la revisión de las cuatro de la mañana me encamine con mi equipo completo hacia el ministerio, a cada paso mi voluntad se iba haciendo de acero y mi coraje mas arrecho que el de Indiana Jones. Mi frente iba tan alto como podía debido al peso, tal vez me veía un poco jorobado y cansado pero mi espíritu iba como el de un soldado en marcha de gala.
Al llegar al edificio el portero me saludo con el sarcasmo de siempre y luego de contestarle con un insulto planificado para la ocasión se echo a reír y me tomo una foto para su colección. Antes de entrar a la oficina donde se hace la cola rece en cuatro idiomas y entre.
El silencio predominaba y el olor a serpiente dominaba el ambiente. Casi se me sale el corazón cuando me toco mi turno y el funcionario encargado de atender al "publico" me llamo con desprecio para preguntarme que querque sabia que conocia mi cara y mi objetivo.
-Quisiera sacar una solvencia, por favor.
Esas dos ultimas palabras estuve practicandolas durante varias semanas con la asesoria de un Psiquiatra con especializacion en teoria del comportamiento, de esta manera podria lograr la expresion adecuada que por lo menos inspirara lastima.
-Tiene que llenar esta planilla. Al momento que me tiraba un papel mal fotocopiado y de dificil lectura.
-Ya la llené. Le conteste, mientras le entregaba la planilla, generada en tres idiomas y dos dialectos por mi computadora e impresa en mi laser.
Luego de mirarme como un mendigo pidiendo limosna, disparó:
-Lo siento señor pero al encargado de sellar esas planillas le duele una uña y no viene hoy.
Quede paralizado y la frase se repitió en mi mente una y otra vez hasta que un señor bien trajeado que estaba detrás de mi me despertó de mi letargo.
-No oyó lo que le dijeron? Muévase por favor!
Luego de apartarme y jalar el burro vi como el elegante señor le dispenso una sonrisa al funcionario, mientras le pasaba otra planilla engrapada con una tarjetita, al tanto que le decía:
-Me envía el Licenciado González.
PELIGRO, PELIGRO!!! Ese mensaje estaba en clave y significaba que tenia luz verde. El funcionario de lo mas alegre, abrió una gaveta saco el sello y lo estampo en la planilla quedándose con la tarjeta como una excelsa pieza de valor.
Lo siento no puedo mas . . . . .
Escribo esta nota desde la cárcel. No recuerdo que fue lo que paso pero los testigos cuentan que me oyeron gritar y como un endemoniado levante al funcionario con una sola mano, le destroce la fotocopiadora en la cabeza y acto seguido trate de ahorcarlo lentamente mientras le mantenía los ojos abiertos con unas tachuelas incrustadas en sus párpados.
En ese momento aparecieron dos guardaespaldas del hombre trajeado que junto a dos fisicoculturistas que estaban haciendo la cola trataron de despegarme las manos de su cuello. Me halaron, me empujaron, me amenazaron con sus pistolas, me patearon, me pellizcaron y me hicieron cosquillas, pero yo no respondía ante nada. Luego a un señor se le ocurrió una idea, me conecto la planta eléctrica entre las orejas y salí disparado contra la pared.
Mi abogado me cuenta que es difícil que la cabeza del funcionario quede de una forma normal y que lo mejor que podemos hacer es declararme demente de por vida, pero esa es otra historia para contar.